GRANADA

 

Allá, a lo lejos,

y entre verdores,

Colocado

se ve un precioso

pueblo amurallado.

 

Plaza Mayor

 

Don Romualdo Martín Santibáñez, que fue notario del Casar de Palomero al finalizar del siglo XIX, y un discreto historiador de la comarca jurdana, nos ha legado una curiosa leyenda que viene a confirmar la creencia sostenida de que el origen de Granada data, por lo menos, del siglo XI, cuando regía los destinos de Castilla y león el rey Fernando I.

En aquel tiempo, y más concretamente en el año 1050, recorrió dicho soberano toda la región de las Hurdes y sus cercanías, cuando iba en pos de Coimbra. Con posterioridad a estas fechas es cuando tuvo lugar el interesante episodio recogido por el ilustre notario ya citado, y cuyo contenido dice así:

 

Granada

 

LEYENDA DEL CADÍ DEL CASAR

"En las Casas de Palomero -próximas al castillo del romance que coronaba la sierra de Altamira y que se llamó desde siempre de las Palomas o de La Palomera - residía el Cadí de la comarca judia, que era muy rica y productiva, pues el dicho lugar constituía un verdadero vergel. La Villa de Granada, que era plaza fuerte de los cristianos, estaba al mando de un gobernador, padre de una hermosa joven de la que se hallaba locamente enamorado el Cadí del Casar, pues como había paces entre moros y cristianos, se comunicaban unos con otros y había muy buena relación entre ambas poblaciones".

Cuenta Santibáñez que el padre de la bella accedió a otorgar al Cadí la mano de su hija, contraria a ese casamiento, siempre que éste abasteciese a Granada con "las aguas de la fuente de la Helechosa y del chorro de la Miancera", y que el Cadí, aceptando el reto, puso por obra la construcción de un acueducto. Cuando la moza ve que las obras se acercaban, y que puede ser posible lo imposible, desaparece entre las sombras de la noche. "Dicen que se ahogó y Granada sin agua se quedó". Así pues, continúa la leyenda, no se terminó la magna empresa porque entre tanto falleció la linda cristiana que fue causa de tantos afanes.


Continúa el narrador diciendo que "las señales del acueducto están aún patentes en un trayecto de más de tres leguas" con algunas interrupciones, y que todavía "se ven puentecillos, unos caídos, otros enhiestos". Allá en la ribera del río de Los Ángeles, junto a Sauceda, aún parecen quedar vestigios de la toma de agua que, faldeando laderas y llaneando valles, hizo el rico Cadí del Casar de Palomero para lograr la mano de su amada y cumplir la promesa de amor hecha a su padre.

 

                                                                                                          

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